Cuando has querido a una persona y has tenido un vínculo estrecho con ella, cuesta dar el paso de romper esa relación, aunque las dos partes sepan que la cosa no funciona, un claro ejemplo serían los coches que antes de estropearse del todo, ya están dando problemas: un manguito, la bomba de agua, la batería lo que sea… El “joio” coche va dando problemas hasta que decide que no anda más.
Cualquiera de las dos personas, tanto la que toma la decisión de romper como la que prefiere seguir pasándolo mal, sufren, se angustian, se deprimen, etc. y durante un tiempo son como una especie de zombis ojerosos que solo ven y sienten: rabia, dolor y en muchos casos resentimiento y desesperación.
En ocasiones, la parte de la pareja que «sufrió» la decisión, puede entrar en una espiral en la que lo único que le importa es que la persona vuelva y es capaz de recurrir a todo tipo de desmanes, incluido el de menospreciarse hasta límites del mismo suelo; confiar en personas que en otra situación ni se le ocurriría; e incluso intentar cualquier tipo de locura que le aseguren que, por un precio, la tierra dejará de girar para ellos dos, un coro de ángeles bajará y volverá por arte de magia un pasado «idílico» que en muchos casos hace ya mucho tiempo que dejo de existir.
Motivos de la ruptura
Desde una mala comunicación hasta falta de intimidad o rutina son algunos de los motivos más frecuentes por los que una pareja decide terminar su relación. Pero sin duda, los factores pueden ser muchos: falta de comunicación, no saber afrontar las dificultades que vienen, problemas con los hijos, discusiones por diferencia de poder o diferentes niveles económicos, no respetar la individualidad o profesionalidad del otro, falta de compromiso, separación física, aparición de la rutina y, por supuesto, la violencia física y verbal.
Otros factores claves son una mala o escasa sexualidad y que ya no exista la pasión y por tanto, no quede más en común que el cuidado de los hijos o las tareas del hogar.
Por supuesto, dejamos para el final la interacción de otras personas. Cuando hay un/a tercer@ la cosas se complica. Las infidelidades duelen, y es preciso analizar bien la relación para sonsacar qué ha fallado y las posibles causas.
Salidas al laberinto
Aunque cueste, hay que aceptar una realidad que no se puede cambiar, porque lo peor, cuando se termina una relación, es obsesionarse con la idea de volver a estar juntos.
El abrigar esperanzas donde no las hay, no ayuda a vencer la desilusión y consigue que esa persona se aleje más.
Lo productivo es meditar los motivos por los que la relación se desmoronó, analizar lo que provocaba la mayor parte de las discusiones y por último pensar si realmente la relación valía la pena, sin idealizar a la otra parte.
Todos tenemos derecho a estar con las personas que queremos, sin presiones, victimismo o culpabilidad.
Esta regla no tiene excepciones.
En el juego del amor, no hay vencedores ni vencidos, todos sufrimos cuando una relación no sale como habíamos soñado, pero merece la pena seguir intentándolo una y otra vez hasta dar con esa felicidad que por supuesto merecemos.
Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso (Honoré de Balzac).

